"El destino mezcla las cartas y nosotros las jugamos", sentenció el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, y en esos términos, afortunada y oportunamente obsequiado por el azar, se construyó mi amistad con Nicolás Mendoza. Su esposa, mi entrañable madrina Cande, ya pegaba a operar el milagro de mi resurrección, casi simultáneamente, porque -de la mano de otro lazarillo esencial, mi amada Raquel- yo disputaba aquel inesperado envite en personalísimos estados psicológicos comatoso y moribundo.
El escenario de la feliz partida ayudó, sin duda, porque, inmediatamente, descubrí que "La Espuma" -la cervecería de mis anfitriones, en la Avenida Fernando Salazar, de Las Galletas- era, mucho más que un negocio próspero, un rincón espiritual, un oasis de bondad, un reducto de paz, un escondite de cariño, una guarida de ternura, y, desde la perspectiva del enfermo, el gran sanatorio de una pena profunda y de un paciente agonizante.
Mi madrina Cande me abrió sus brazos, y, desde sus normas existenciales de generosidad indescriptible, delicadeza infinita y sinceridad arrolladora, utilizó la exactitud y la credibilidad de su talento gestual, dignos de cristiana ejemplar y humana excepcional, para brindarme su protección, y, en décimas de segundo, conquistar mi confianza. Aquél fue un prodigio añadido, y sorprendente sin duda, porque duros golpes del pasado pretérito y próximo e incluso de aquel presente -los que me dieron y los que me di- me habían vuelto un personaje escamado, triste, incrédulo, uraño, receloso, y, en fin, desconfiado. Desde ese primer instante, yo sentí que Dios había puesto en mi camino -obsequio impagable- una avezada orientadora, una virtuosa psiquiatra, una cómplice leal, un ángel protector, y, en fin, una amiga del alma. "Es parentesco sin sangre una amistad verdadera", según el dramaturgo madrileño Pedro Calderón de la Barca, quien, a partir de ese pensamiento y del regalo divino, me hizo ver a Cande madrina e incluso madre, y, mucho más, como la doctora de mi alma, la profesora de mi espíritu, "El médico de su honra", como tituló el dramaturgo y poeta madrileño una de sus obras más célebres, y, en fin, como la cirujana de mi honra.
Sin tiempo y sin reflejos, después de recibir mis primeros auxilios, y con la mirada perdida en la enorme belleza de las pinturas que llenaban las paredes de "La Espuma", apenas tuve tregua para comprender que "al lado de una mujer hay un gran hombre", pero -seguramente para valorar la exactitud del mensaje contenido en el axioma popular y mientras me preguntaba quién podría ser el autor de aquella profusión de realismo iconográfico- Cande me condujo hasta las latitudes del virtuoso, que era y es su esposo, que iba a ser y ya es, también por la gracia de Dios, mi amigo Nicolás Mendoza; un comunicador del pincel, un sabio digna y coyunturalmente disfrazado de empresario y trabajador, y, pero, al final, un genio de la pintura, cuya obra, hasta hoy reservada a los ojos de los escasos privilegiados que disfrutaron sus exposiciones y a la mirada de los visitantes de "La Espuma" mágica, ya puede ser motivo de recocijo -a través de la revolución internáutica y de la ventaja de esta web- de la retina del mundo entero. Mi padrino Nicolás, pues, nace como artista y renace como persona, y lo hace desde una inmerecida oscuridad, la misma de la que fueron rescatados, Virgilio, Horacio y Erasmo, aquellos héroes griegos rescatados por la virtud lírica de Homero.
"Una pintura es un poema sin palabras", según otro autor latino, Quinto Horacio Flaco, quien -desde su talento de pensador y en el exacto uso del instrumental literario- retrató perfectamente a mi amigo Nico, un gran tímido y un leal intérprete de sus normas genéticas de cautela, modestia, prudencia, sutileza y recato, y, finalmente, como resultado del más refinado y elegante usufructo de la oleína -en el escenario de su soledad solidaria, en su hogar, que desborda alegría, paz y energía, en la Costa del Silencio-, también un trovador certero, sensible, avezado, honrado, diestro, versado y sano.
Con esa sensibilidad digna del más discreto y hábil verseador del silencio, Nicolás Mendoza -gomero tenía que ser, porque la colombina es reserva de grandes intelectos y virtuosos-, con su altavoz que es el pincel y con un corazón interminable, como su paisano Pedro García-Cabrera, también ha cultivado su paisaje interior, al tiempo que, impartiendo las más profundas lecciones como catedrático de la bondad y la generosidad, indiscutible alma gemela de su esposa Cande, mi madrina bendita, ha constituido para mí, más allá de la dádiva de su genialidad -gran donación para mis ojos, urgidos de un mensaje lleno de color y vida-, un obsequio impagable de dulzura, tolerancia, cordialidad, y, para mi orgullo, amistad.
"El poeta llena el santuario interior de nuestro espíritu con pensamientos nuevos, maravillosos y placenteros". Friedrich von Hardenberg, Novalis, filósofo y lírico alemán, autor de este pensamiento, ha sido -sin duda- el gran visionario de un acontecimiento histórico en mi existencia; el ofrecimiento, en fin, de las jóvenes, fantásticas y confortables normas vitales que me han proporcionado, hasta culminar la obra de mi permanente búsqueda personal, mis nuevos amigos, amigos benditos, el genio Nico y la bienaventurada Cande, los anfitriones de "La Espuma" que me devolvieron a la vida, y, por cierto -gracias a la compañía leal y paciente de mi amada Raquel-, también al amor.
- José Manuel Pitti -

